hoy hablo de mi

octubre 3, 2007 at 11:45 pm (Uncategorized)

No sé si alguién acabará leyendo esto, la verdad es que me da igual, ya que no pienso en nadie hoy excepto en mí. El desfiladero en el que estoy ahora no es más que una pieza más de mi vida. Intento poner un poco de orden en todo lo que hago pero no hago más que deshacer todo lo que me costó tanto conseguir. Me da morbo el peligro de descubrir el misterio de mi pasado, de todo lo que estoy perdiendo y todo lo que me atreví a perder. A veces me encuentro con la mirada pegada a mis pasos de alguién que no para de observar cada una de las pisadas que doy. Estoy perdido en las cosas que amo. No soy capaz de descubrir nada que me emocione. No hay nadie que me ayude a seguir pidiendo un poco de vida, un poco de merced. La mayoría del tiempo no hago más que un papel y cuándo no lo hago me pregunto si me estoy mintiendo. La mayoría de la gente sólo piensa en dos cosas básicas: encontrar la vida perfecta ( y acabar aborreciéndote), o divirtiéndote en la vida y aprovechar cada segundo( añorando y deseando la vida perfecta). Qué hay de mí, sólo quiero seguir impresionándome por lo impresionable, disfrutando de lo disfrutable y aprovechando lo aprovechable. Qué hay de mí si no soy capaz de dirigir mi vida, si me someto a lo evidente y vivo lo que veo en la gente. Qué hay de mí si sigo sin ser feliz y no paro de buscar y trabajar. Qué hay de mí. Sospecho que la vida es diferente en cada segundo que se vive y que dejo de mirar lo que escribo cuando el tiempo no promete. Hoy podía ser verso y es prosa. Pero es inútil desentrañar lo que no se puede, y es inútil ser inútil en un mundo de utilidad. Pero hoy hablaré de mí, porque soy yo quién escribe y soy yo quién edita y soy yo quién manda, pero dentro de mi cabeza, hoy hablo de mí.

Permalink Dejar un comentario

El viernes acaba la semana

septiembre 27, 2007 at 1:43 am (Uncategorized)

Una vez me caí. No es que me callera de una manera trascendental ni nada de eso, no es que derrepente me diera cuenta de ciertas cosas en mi vida y dijese, ¡oh Dios, me caído! Ni siquiera eso. Es simplemente que estaba jugando al escondite y me caí. El escondite es posiblemente el juego más universal que existe y es de los pocos juegos que también merece la pena jugar cuando estás en apuros, no sé si me explico. A mí me ocurrió lo contrario, jugando al escondite me metí en un lío bastante grande. Fue muy rápido todo, estuve cerca de la muerte, y no es broma. Era en diciembre, un viernes que calló en 13 y yo fui a un cumpleaños. Sinceramente no estaba muy de acuerdo con el sitio dónde se celebraba porque era un Mc Donals y yo estaba(y estoy) en contra de toda es mierda de comida, pero en fin, no era más que un chico de 11 años que disfrutaba de una buena relación con otros niños de la misma edad y me sentía involucrado. El problema de estos cumpleaños es que cuando metes a 20 críos con ganas de quemar calorías en un ¿restaurante? durante de masiado tiempo, se impacientan. A mi me ocurrió el primero y fui el primero en querer salir a jugar al escondite. Había una chica que era la encargada de que todo saliese bien, a la que le insistí de tal manera que conseguí el premio de salir afuera a jugar al escondite. En aquella época no era consciente de lo que significaba “caída libre de 8 metros”. Así que nos pusimos a jugar al escondite. Y por desgracia no me tocó quedar. Como todo buen marine, me escondí detrás de unos arbustos de plástico, desde dónde a través de un cristal podía ver al chico que estaba contando. En ese momento me pareció una buena idea apoyar mi mano en el cristal que tenía delante de mí para no perder el equilibrio. Pero dada la demasiado tarde corroborada inexistencia de dicho cristal realicé un desplazamiento de 10 metros en 1 segundo y medio.  Caída libre, vaya.  Esos segundos no existen en mi cabeza posiblemente a causa del golpe que me pegué al llegar al suelo. Aún así, la gracia que suele acompañar en mi vida (debo de tener un ángel de la guarda bastante cachondo, no sé, Groucho Marx o Chaplin ) hizo que me callera literal y llanamente de culo. Quizás fue lo mejor, aunque cuando conozco a gente nueva les resulta un poco incómodo oir “Si, yo me rompí el culo con 11 años”. Normalmente las semanas acababan el Domingo, con los partidos, el carrusel, la lluvia, la llamada del abuelo y el capítulo de Friends. Aquella noche, al llegar al hospital decidí de forma unánime conmigo mismo que esa semana acababa en Viernes.

Permalink Dejar un comentario