El viernes acaba la semana
Una vez me caí. No es que me callera de una manera trascendental ni nada de eso, no es que derrepente me diera cuenta de ciertas cosas en mi vida y dijese, ¡oh Dios, me caído! Ni siquiera eso. Es simplemente que estaba jugando al escondite y me caí. El escondite es posiblemente el juego más universal que existe y es de los pocos juegos que también merece la pena jugar cuando estás en apuros, no sé si me explico. A mí me ocurrió lo contrario, jugando al escondite me metí en un lío bastante grande. Fue muy rápido todo, estuve cerca de la muerte, y no es broma. Era en diciembre, un viernes que calló en 13 y yo fui a un cumpleaños. Sinceramente no estaba muy de acuerdo con el sitio dónde se celebraba porque era un Mc Donals y yo estaba(y estoy) en contra de toda es mierda de comida, pero en fin, no era más que un chico de 11 años que disfrutaba de una buena relación con otros niños de la misma edad y me sentía involucrado. El problema de estos cumpleaños es que cuando metes a 20 críos con ganas de quemar calorías en un ¿restaurante? durante de masiado tiempo, se impacientan. A mi me ocurrió el primero y fui el primero en querer salir a jugar al escondite. Había una chica que era la encargada de que todo saliese bien, a la que le insistí de tal manera que conseguí el premio de salir afuera a jugar al escondite. En aquella época no era consciente de lo que significaba “caída libre de 8 metros”. Así que nos pusimos a jugar al escondite. Y por desgracia no me tocó quedar. Como todo buen marine, me escondí detrás de unos arbustos de plástico, desde dónde a través de un cristal podía ver al chico que estaba contando. En ese momento me pareció una buena idea apoyar mi mano en el cristal que tenía delante de mí para no perder el equilibrio. Pero dada la demasiado tarde corroborada inexistencia de dicho cristal realicé un desplazamiento de 10 metros en 1 segundo y medio. Caída libre, vaya. Esos segundos no existen en mi cabeza posiblemente a causa del golpe que me pegué al llegar al suelo. Aún así, la gracia que suele acompañar en mi vida (debo de tener un ángel de la guarda bastante cachondo, no sé, Groucho Marx o Chaplin ) hizo que me callera literal y llanamente de culo. Quizás fue lo mejor, aunque cuando conozco a gente nueva les resulta un poco incómodo oir “Si, yo me rompí el culo con 11 años”. Normalmente las semanas acababan el Domingo, con los partidos, el carrusel, la lluvia, la llamada del abuelo y el capítulo de Friends. Aquella noche, al llegar al hospital decidí de forma unánime conmigo mismo que esa semana acababa en Viernes.